
Ella dedicó unos minutos a la luna. La contemplo en silencio dejandose bañar por su intensa luz, dejo que esta penetrara en su mente y abriera puertas, explorase los más reconditos recovecos de su interior, dejo que la luna y su esplendor la desnudaran en su infranqueable fortaleza de cristal. Y cuando cerró los ojos, lo vio claro. Ella nunca había extrañado el calor humano, nunca había necesitado a nadie pues lo tenía todo. Todo lo que cualquiera pudiera desear: una buena familia (y con dinero), buenos amigos, notas altas.. Pero, y es que siempre hay un pero por mucho que odiemos esa palabra, le faltaba aquello...Era esa especie de mácula que mancillaba el más oculto rincón de su fortaleza y por mucho que ella se esforzara en ignorarlo, esa mancha crecería y envenenaría su preciado castillo.
Abrió los ojos tomando una decisión. Había llegado la hora de enfrentar el destino, la cuestión era cómo. ¿Cómo abordar a un completo desconocido? La cosa no era llegar y decir: "Hola. Tu no me conoces pero llevo soñando contigo un tiempo y el otro día te vi y reconocí que tu eras el hombre al que persigo sin motivo aparente en mis sueños..."
Tenía que pensar otra forma de abordar el problema. Hacía solo dos noches se había despertado de madrugada entre jadeos y sudores frios, atormentada, cuando sucedía esto la misma imagen y sensación de frío y...su precencia, él, aquel irritable desconocido bombardeando su mente no la dejaba dormir. Su preciado castillo de cristal, él más intimo de los alegatos de su esencia, en este momento siendo progresivamente emponzoñado.
